El terrón de azúcar

22 de mayo de 2020
Ilustración de Toni Salvà.

He tenido que salir al balcón para ponerte nombre. Te has asomado a la veranda durante 5 minutos para recordar que sabes sonreír. Millones de personas han desafiado a la lluvia y al viento para aplaudir y escuchar aquella canción que sin quererlo invoca a un cierto taoísmo de andar por casa: “y aunque los vientos de la vida soplen fuerte soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie”. Quién nos iba a decir que el Dúo Dinámico se convertiría en el siglo XXI en el pegamento que ha unido tácitamente a un país que con la letal pandemia sigue a la greña.

El Resistiré ha sido el homenaje a los sanitarios y a todos aquellos que han estado en primera fila, cara a cara con el virus esfinge. Sesenta y dos cánticos de balcón a balcón que se pararon por ordeno y mando de las redes sociales el lunes 18 de mayo. Menudos agujeros negros las redes que nos engullen a todos a golpe de silbido o de un clic ingenuo e irreflexivo tantas veces. Da igual que el enigma del virus siga sin revelarse pero como millones de personas ya podemos salir a la calle justo a la hora de los aplausos, alguien lanzó el adiós a las ovaciones. Por “dignidad” dicen. 

 

Así es que hemos sustituido el sonido de las palmas por los bocinazos de los coches. Muchos otros nos hemos atrincherado de nuevo en el interior de nuestras casas para recuperar aquel silencio que nos otorgaron la prohibición terapéutica y el miedo. ¡Otra de las paradojas que estamos viviendo mientras yo te añoro ahora que ya no te asomas al balcón!

En realidad miento, porque ahora que ya sé como te llamas he perdido el interés y vuelvo a fabricarte en mi trinchera de silencio, en mi patio de luces, en la caverna en la que se proyectan las sombras de creernos que esto que está pasando es real. Por eso voy a romper la red, voy a desafiarla con un corte de mangas y voy a asomarme de nuevo a mi balcón que ya no es mío solo se le parece porque si algo estoy aprendiendo estos días es que por más que nos cuenten que esta pandemia nos ha hecho romper las barreras de las calles y acortar las distancias no es cierto. Hemos elegido volver a ser esclavos de la jungla de asfalto. Pero no yo. Ni tú. Ni nadie de nosotros. 

Gracias a la física cuántica, sabemos que en los átomos que conforman la materia existen unas partículas fundamentales, quarks y electrones, que son las más diminutas y mágicas ya que pueden traspasar paredes, teletransportarse y estar en varios sitios a la vez. No las vemos pero están ahí, nos rodean, nos envuelven, nos dibujan. Entre estas partículas está el vacío. Si juntásemos todas las partículas de los átomos que conforman los más de 7.000 millones de personas que habitan la Tierra, y eliminamos el vacío, cabrían en un terrón de azúcar. Así es que en el vacío de los balcones, yo te encuentro vecino, porque aunque no nos veamos, estamos. Sal y aplaude, saltemos de la red. Somos parte del terrón de azúcar.

Un hombre frente a la ventana

15 de mayo de 2020

En 2013, se estrenó la película Only lovers left alive, de Jim Jarmusch. En la distancia, dos de sus protagonistas, Eve y Adam, hablan desde Tánger y Detroit, en un confinamiento que supera la barrera del tiempo. Hablan y hablan también en silencio. Entre otros, este diálogo  que no es más que una descripción del amor.

Eve: Cuéntame ahora acerca del entrelazamiento. La acción fantasmal a distancia de Einstein. ¿Se relaciona con la teoría cuántica?

Adam: No es una teoría, ha sido comprobado.

Eve: ¿De qué se trataba?
Adam: Cuando separas una partícula entrelazada, y alejas ambas partes, una de la otra, inclusive en lados opuestos del Universo, si alteras o afectas una, la otra será afectada o alterada de manera idéntica.

Eve: Fantasmagórico. ¿Hasta en extremos opuestos del Universo?
Adam: Sí.

El 22 de abril de 2020 escribí una pequeña gran historia de amor que es la suma de tantas otras.

Ilustración de Toni Salvà.

El 9 de abril un grupo de amigos recibimos vía WhatApp el mejor regalo de Jueves Santo que podríamos haber imaginado: la interpretación de la Meditación de Thais de Jules Massenet, a cargo del flautista Josep Francesc Palou que regalaba a los vecinos de su calle Arxiduc. El nombre de esta calle que recuerda al erudito enamorado de las Baleares y del Mediterráneo en general nos nombra a un pequeño gran grupo de amigos. Porque de la amistad nacimos y nos unen nuestro amor por la música y la literatura.

Nos llamamos Sopar Arxiduc 2ª part.

Lo primero que pensé cuando vi y escuché el vídeo es qué inmenso es el hilo que teje el amor, cómo ese hombre frente a la ventana regala en cada acorde, en cada nota, esperanza en tiempos asfisxiantes. Me fijé en sus zapatillas de andar por casa, en la luz, me imaginé a Mònica Nigorra filmándolo con admiración contenida, seguro que murmurando para sus adentros las notas de la bellísima melodía. Mònica tiene una voz maravillosa. De ahí surgió la historia del Sopar Arxiduc que ahora os contaré en unas líneas.

Cuando el escritor Avelino Hernández falleció, su mujer Teresa Ordina, Javier Vellé, Pedro Andreu y yo pensamos que había que compartir las letras póstumas, muchas de ellas en forma de poema. Nació la editorial Casa Abierta con la publicación del poemario El septiembre de nuestros jardines. Para la presentación del libro en el Centre Cultural Contemporani Pelaires (gracias Pep Pinya) Teresa invitó a Mònica a cantar. Lo hizo a capella y entre poemas y sus cantos se meció la Casa. Después llegó la novela Mientras cenan con nosotros los amigos, en este caso editada por los amigos de Candaya. Se presentó en Son Marroig y ahí yo invité a Pep Xisco Palou para que nos acompañara junto a Mònica y otros músicos. Bastó verles un momento para percibir cómo se estaba fraguando una historia de amor entre el flautista y la cantante. Así fue. Con risas nos nombrarían a Teresa y a mí sus madrinas. En calidad de tal, de forma simbólica, fuimos a su boda, unos años atrás. Antes de eso, se gestaron Els Sopars Arxiduc donde también toman asiento Apolonia Alou, amiga de infancia y ex alumna de Pep Xisco, su marido Pere Morell y mi pareja. Mi discreción le hurta el nombre en red.

Hoy tejo esta historia de regalo a regalo, del que cada día el flautista ofrece a sus vecinos, tanto para los que dan a la calle Arxiduc como a los de la parte de atrás de su vivienda, esos 20 minutos de música que dan paso a los aplausos de las 20 horas. Avelino sonríe desde un balcón sin distancia porque la música y la letra hacen buena pareja como el flautista y la cantante.

El pasado lunes 11 de mayo el flautista dejó de tocar, el regreso al oximorón que llaman nueva normalidad le ha callado. El ruido de los coches vuelve a ser la banda sonora de Palma. Este domingo va a dar su último concierto de balcón para unos vecinos que durante el encierro han bailado adagios, suites, valses, mazurkas como partículas enamoradas.

“Nada es tan verdadero como la vida y el amor de los hombres”, se escucha en la ópera Thais de Jules Massenet. Eve desde Tánger le susurra a Adam, su partícula entrelazada en Detroit.

 

 

Queridos mallorquines antes y después

08 de mayo de 2020

Lourdes Durán

Palma confinada, 17/04/2020

Portada del libro Queridos mallorquines de Guy de Forestier, con ilustración de Pere Joan, editado por Olañeta.

Hace tiempo que el relato Queridos mallorquines, de un tal Guy de Forestier, se convirtió en libro de cabecera de muchas casas de los aborígenes de esta isla, y no solo de ellos. Nos gustó tanto el retrato que, a diferencia del dibujado por George Sand en un Invierno en Mallorca en el que nos ponía a caldo, quisimos que nuestros amigos forasteros dejaran la isla con un ejemplar de Queridos mallorquines bajo el brazo. En compañía de una ensaimada.

Su retrato de esta forma de ser ‘peculiar’, que dirían poniendo boquita de piñón los ingleses, a quienes se nos suele comparar, me ha confirmado algo que compruebo en mis escasas salidas a la compra: que los mallorquines somos adelantados a casi todo, también al coronavirus.

¿Os habéis fijado en la coreografía de los escasos seres que circulan por la calle? Caminan en línea recta hasta que a lo lejos divisan a otro ser enmascarado idéntico a él. Cuando la distancia se acorta, percibes un movimiento ligero, sutil, un cambio de paso que sin ponerle de puntillas, le permite dar un quiebro o, en lenguaje Queridos mallorquines, un “esquive”, la práctica isleña que propicia un saludo a distancia, un levantamiento de cejas en lugar de un apretón de manos y para los más mallorquines, un cambio de acera. También un saltito si te ha pillado con el paso cambiado y en una esquina te das el tropezón con otro emboscado. ¡La hemos liado! Es cuando recurrimos al socorrido levantamiento de barbilla.

No es que seamos raros es que de siempre hemos temido al contagio. Por eso aventuro que la pandemia en la isla tiene menor incidencia porque no nos gusta achucharnos y mucho menos en público. ¡Vaya!, que nos resulta fácil mantener esa distancia obligada por más que disimulemos cada tarde a las ocho con los arrumacos de balcón a balcón cual Romeo y Julieta.

Debo confesar que soy un poco Forestier por eso me permito algún extra y desde este balcón os envío un abrazo y un Uep, com anam!

 

07/05/2020

No han pasado ni tres semanas y los queridos mallorquines se revelan otros. Los que están en la calle ahora, de paseo en las distintas modalidades de acorde a esas franjas de horas que nos dan para hacernos sentir libres pero que no son otra cosa que remedos a la pérdida de libertad que padecemos, se han entregado a la afabilidad exagerada.

Muchos salen en mallas, a calzón quitado, para explayarse y darle al músculo aire. Otras sacan el picnic y se tumban en la hierba de los parques a cháchara limpia. Numerosos los nuevos inquilinos de calles que a pedales olvidan que es por los carriles bici por donde deben circular. Ese derroche de vitalidad que ansié por momentos, ahora me asusta. No hay ni dos metros de distancia entre estos paseantes a la desesperada.

Ahora más que nunca recuerdo la novela de Robert Walser, El paseo, con sus frases quirúrgicas, esos párrafos inmensos entre los que uno se encontraba con el caminante silencioso que en el confinamiento atisbó con tan solo mirar por el balcón y añorar cuando caminábamos por la ciudad. “A veces ando errante en la niebla y en mil vacilaciones y confusiones, y a menudo me siento miserablemente abandonado”. ¿Quién no sintió algo parecido en los pequeños vagabundeos por una ciudad a la que tendremos que aprender a amar respirando de otra manera, quizá bajo el tul de una mascarilla? Me pido la franja de horario más mallorquina. ¿Adivinan cuál es?

07 de mayo de 2020

Las muertes de Antonio Alemany

José Carlos Llop

Lytton Strachey fue un excéntrico británico relacionado con el grupo de Bloomsbury. Era un hombre valiente que poseyó una lengua tan divertida como acerada, hija de una cultura apabullante, y la esgrimió cada vez que fue necesario y donde fue necesario. Ante los tribunales incluso, que lo condenaron por su defensa de la objeción de conciencia en tiempos de guerra. Entre sus libros hay uno de retratos de personajes de Gran Bretaña titulado Victorianos eminentes. Es una colección de piezas maestras, donde el periodismo, la historia y la literatura se alían en el despliegue de una inteligencia única. Antonio Alemany, que murió hace unos días en Palma, sabía quien era Lytton Strachey.

He dicho que Antonio Alemany murió en Palma hace unos días y tengo algunas dudas al respecto. Llevaba un par de años viajando en un lento extravío por su mente, siempre con la sonrisa en los labios y saludando por la calle a todos los que creía que conocía o le conocían. Así se despidió largamente de la sociedad mallorquina –atento, educado y con esa sonrisa en los labios–, sin demostrar por un solo momento que supiera que parte de esa sociedad le había condenado años atrás. Su concepción de la estructura social insular le indujo a creer que Mallorca se comprendía y explicaba en su totalidad desde el microcosmos de la parroquia de Santa Eulalia. Era un palmesano de la cité sobre la ville. Había disfrutado con Mort de dama pero no se creyó el réquiem villalonguiano: aquella vida tenía una continuidad en el tiempo y él representaría su espíritu y su memoria, filtrándola bajo las ventajas de la modernidad: eso creyó. Era un hombre tradicional en las formas y un liberal-conservador en el fondo, pero no puede decirse que fuera un hombre antiguo y hay toda una vida periodística detrás –y el ritmo de su prosa, que fue moderno– que así lo demuestran. La vida periodística de un demócrata que combatió al franquismo –y al periódico local del Régimen con florete y sable– desde lo que vino en llamarse después derecha civilizada. Nunca un diario mallorquín ha alcanzado la proyección nacional de Diario de Mallorca mientras él estuvo al frente de su Redacción.

Dirigió periódicos y revistas, los fundó, dio trabajo a mucha gente, triunfó, fracasó y no se arredró nunca. Pero mientras cultivaba su propia hermenéutica insular –que iba aislándolo poco a poco–, el tiempo transcurría inexorable y la Mallorca autonómica abandonaba ese ideario suyo no en el desván sino en el laboratorio que deforma el pasado para convertirlo en lo que no fue. Antonio Alemany se rebeló a eso y quiso combatirlo desde el presente: era valiente y le gustaba la polémica: tampoco se lo perdonaron. El resto lo puso su fe en sí mismo –un punto solipsista– y la soberbia intelectual del que considera que su rival no sabe nada y se niega a que la realidad incline la balanza a favor del ignorante. Al fin y al cabo era un periodista de la misma tierra que dio a Miquel dels Sants Oliver, a Josep Melià y a Andrés Ferret: formaban parte del mismo tronco, aunque fueran de familias distintas. Y al revés que los dos primeros, que no de Andrés, Alemany siempre vistió impecablemente: de estilo inglés, como sus pipas, pasaba los veranos en tierra vasca, cuya burguesía es la más anglófila de nuestro país. La anglofilia es una forma de estar en el mundo, tan insular, por cierto, como la nuestra, y fue Buffon quien afirmó que el estilo era el hombre. Alemany siempre pensó que el fair-play era un valor universal.

Conocía tan bien la historia de Mallorca como la del parlamentarismo británico; a Tocqueville como a Chateaubriand; a Karl Popper como a Karl Marx. Hace muchos años, cuando los vientos públicos ya no le eran favorables, en una cena en el Grand Hotel con otros periodistas y gente de letras, ante un sarcasmo inconveniente dije que ‘si Toni Alemany no existiera habría que inventarlo’. Se hizo un silencio, pero la frase debió de calar porque la leí repetida después bajo otras autorías. Sigo pensando lo mismo, como pienso que él acabó siendo su peor enemigo. Mientras aún no lo era, fue imprescindible como contrapunto intelectual del pensamiento cultural que se convertiría en dominante: no se callaba y ponía muy nerviosos a sus contrincantes. En cualquier sociedad ocurre como en la naturaleza: o lleva dentro de sí el combate dialéctico, o está muerta, o a punto de caer en el totalitarismo y Alemany ejerció el axioma de la vivacidad con creces. En cuanto a la lengua –donde discutió y fue discutido con virulencia– procedía de Antoni M. Alcover y no de Fabra, de los modos y giros de la nobleza local –a la que pertenecía por línea materna– y no de los planteamientos de Moll. Tal vez su error fue hacer política con ella y usarla como campo de batalla: ahí se convirtió en reflejo especular de aquellos a los que combatía.

La política no lo trató bien (él pertenecía a otra escuela) y tampoco supo tratar con ella: si se hubiera dedicado exclusivamente al periodismo, se habría evitado caídas, tentaciones y heridas que nadie –por supuesto ninguno de los que lo atacaron– hubiera sabido llevar como los llevó él: con idénticos humor y displicencia, quiero decir. Y se habría evitado caer incluso en cosas que había criticado en otros con dureza. Pero su pulsión por crear una derecha distinta y su convencimiento de estar au dessus de la mêlée se lo impidieron. Antes me he referido a las muertes de Antonio Alemany: estuvo la que ocurrió el domingo pasado, estuvo la cruel desmemoria como colofón de la desventura y estuvo la muerte civil –a la que se sobrepuso en apariencia, costándole la enfermedad–. Nunca he de olvidar cómo fue tratado por la prensa en los días de su juicio. Las crónicas fueron puro linchamiento y a momentos parecieron las del juicio a María Antonieta. No exagero ni pizca: visiten hemerotecas: hasta el lustre de los zapatos o la seda de sus corbatas sirvieron para las críticas más zafias. Tampoco ahí perdió jamás la sonrisa: lo intentaron arrastrar por el barro hasta algunos de los que prohijó profesionalmente. Ni se inmutó. Estaba a otras, como siempre, y su mente en el contraataque jurídico. En esos días recordé una cita de Herman Hesse: ‘De la Revolución francesa jamás he admirado a los revolucionarios, sino a esos aristócratas que morían guardando la compostura’. Algo de esto hubo en el proceso de esa muerte civil que precedió a la del Alzhéimer y a la física de ahora, donde todos –él y sus errores, también– tuvimos la responsabilidad de no estar a la altura.

 

*Artículo del escritor José Carlos Llop, para la web de Palma XXI.

Foto de cabecera: Lluc Queralt

Boda en el parc de Ses Fonts en tiempos de coronavirus

30 de abril de 2020

Lourdes Durán, 04/04/2020.

He bajado a comprar pan y me he encontrado con una boda en los balcones.

Esta pequeña historia se la dedico a Luis Eduardo Aute. Hoy sonó de marcha nupcial en esta boda intramuros tu amigo Joaquín Sabina. Creo que te habría alegrado.

Mi primera historia urbana desde el despido. Gracias Vida

Con el ánimo preso, no basta esta luz mágica de primavera para levantarme, me echo a la calle a por pan, el humilde alimento que nos hace compañeros. De ahí le viene el término como explica el sabio Ramón Andrés en su libro, ‘Pensar y no caer’. No puedo imaginar título más oportuno para este sinsentido que nos ha estallado en la cara. No hay máscara que nos libre.

Os contaba entonces que he bajado a por pan, donde Jaume de Verdures Bàrbara, un ejemplo de salir adelante en tiempos de recortes antes de esta debacle, me lo reserva cada dos o tres días. Mi cuerpo lo agradece en forma de cintura que se afloja tras darle la bienvenida al pa amb oli de cada noche.

Al salir paseaba mi mirada por los balcones vacíos, por los arcoiris de papel que pintan los niños prisioneros cuando una música se ha colado en el silencio. Sonaba Joaquín Sabina desde un balcón lleno de globos, vestido de fiesta. Un cámara y el periodista de Última Hora, Guillermo Esteban, me cuentan que se va a celebrar una boda.

Me cuelo en la fiesta porque mi olfato me dice que ahí hay una historia que quiero contar: no existe virus que pueda contra el Amor, pero sobre todo, no hay coronavirus que pueda confinar la imaginación, las ganas de salir aunque estemos prisioneros.

Borja Moreno es médico forense. Ama a Marina Ibáñez. La pandemia para todos hay quien la desafía: cantamos en las terrazas, tomamos una cena con nuestras familias, les compramos a los campesinos, nos acordamos de los pequeños comercios cerrados de una ciudad que respira mansamente, con el aliento contenido. Que llora en soledad el miedo y que también se alza Esperanza con gestos como los de esta boda de calle entre una novia vestida de amarillo, preciosa, y un novio que sale al portal a bailar un vals en zapatillas.

22 de abril de 2020

La ciudad que no vemos (2)

José Carlos Llop

Peter Beard amb Karen Dinesen von Blixen. Font: Monográfic Peter Beard publicat per Taschen.

Hace tres semanas el fotógrafo Peter Beard se perdió en la zona neoyorquina de los Hamptons y hace unas horas –escribo esto el lunes, 20– apareció muerto no muy lejos de su casa. Tenía demencia senil y escapó a morir entre los árboles. Le gustaban la naturaleza salvaje y las mujeres muy bellas –a las que fotografió una y otra vez– y tenía la manía de escribir sobre el papel de sus fotografías, lo que confirma una vez más que detrás de todo artista –pintor, fotógrafo, escultor, músico…– se esconde un amago de escritor. Beard había nacido en 1938 y fue una de las estrellas del Nueva York de los 60/70, ya saben, Studio 54, The Factory y todo eso. Pero también había tenido casa en Kenia, muy cerca de donde la tuvo la maravillosa escritora Karen Blixen, a la que Peter Beard fotografió en más de una ocasión (el rostro de la baronesa Blixen era fascinante) ya de regreso en Dinamarca. 

Cuando se le quemó su casa americana –con Warhols, Picassos, el tríptico que Bacon le pintó y todo su trabajo de décadas pasto de las llamas–, Beard no se inmutó. Cogió sus trastos de fotografiar y se largó a África dejando atrás el desastre y las cenizas. Mi amigo Juan Manuel Bonet, días antes, me había escrito: ‘haber vivido con un pie en Kenia y acabar perdido por los alrededores de NY, en medio de la pandemia…’

A mí Peter Beard me recordaba a Andrés Ferret. Uno en centrífugo y el otro en centrípeto, pero con un físico familiar y una parecida relación con las mujeres (la diferencia estuvo en que Peter Beard se casó varias veces y Andrés sólo una). La noche neoyorquina y la noche palmesana eran dos noches muy distintas, pero las personas –pocas– como Andrés le dieron a la nuestra un aire de cosmopolitismo –o mejor: de estar en el mundo, de ser contemporáneos a su tiempo– que probablemente no habría tenido de no existir ellos. Por lo demás, en los 70 Peter Beard y Andrés Ferret llevaban camisas muy parecidas y el primero mantuvo amistad con Jacqueline Kennedy y aquí yo me entiendo. Beard ha muerto a los 82 años y ahora Andrés Ferret tendría 80.

La tarde en que murió Andrés escribí su necrológica en Diario de Mallorca y en ella glosaba una de sus frases favoritas en los comienzos de la democracia autonomista: ‘¿Qué diría Lorenzo Villalonga?’ Simplemente sustituí el nombre del novelista por el suyo y añadí que a partir de ese momento algunos –alumnos suyos en la Facultad de Derecho y amigos después– nos preguntaríamos ‘¿Qué diría Andrés Ferret?’ Nos lo preguntaríamos siempre que la ocasión lo requiriese. Y durante las consecuencias oficiales de la peste –confinamiento y conculcación de derechos– me lo he preguntado bajo otra formulación: ¿Qué haría ahora Andrés? ¿Cómo soportaría el encierro? La respuesta ha sido inmediata. A la primera pregunta: refunfuñaría –ya lo hacía a los 50, imaginen a los 80– y protestaría, irritado. A la segunda: mal; lo llevaría mal. Basta recordar la cara que paseaba por Palma los días en que la lluvia o el mal tiempo le habían impedido el baño matinal en el Mediterráneo. En esos días lo dejábamos estar, sin importunarle, y luego, bajo el sol radiante –el mismo que le hizo quedarse en la isla para siempre– te lo agradecía con una sonrisa cómplice y a veces, invitándote a comer. 

O sea que el fantasma de Andrés Ferret permanece aún en la ciudad. No sé por cuánto tiempo pero ahí está y a veces aparece. Agazapado tras la muerte de Peter Beard, por ejemplo. O pensando qué haría ahora si el espectro de la peste no paseara por las calles de Palma. Es probable que visitara a su amigo Pepe Zaforteza y hablaran de la época en que presidió Editora Balear. Luego comería con otro amigo suyo, el abogado Lluís Morell, en Palma o en Canyamel, y alguna noche quedaría a cenar con otro más, el penalista Toni Coll con cita previa en el Gibson. Yo los recuerdo a los cuatro juntos a finales del franquismo organizándose para afrontar, precisamente, alguna conculcación de derechos de las que practicaba el franquismo. Los recuerdo como el espíritu tranquilo de la democracia que aún no existía, pero que Andrés nos había enseñado a sus alumnos como el menos malo de los regímenes políticos y el más respetuoso con las personas. Ellos cuatro representaban todo eso sin militar en partidos de derechas o de izquierdas ni añorar la revolución. Y representaban también la esperanza en que la sociedad iba a poder cambiar sin convulsiones innecesarias, ni violencias que sólo conducían al desastre. Digamos que el espíritu de la Transición estaba en esas cuatro personas que en aquel momento se dirigían al despacho de Félix Pons, que es la pieza que falta en este retablo palmesano, para contribuir a resolver o paliar lo que estuviera ocurriendo, que no era bueno, cualquier suceso represivo que ahora no recuerdo, una detención o varias.  

Pero me he referido al espíritu de Andrés Ferret y al principio del confinamiento sonreí al leer una noticia local –la sanción a un bañista solitario– mientras pensaba: ahí está él, diciendo que confinados, en fin, pero sin dejar de ser quienes somos. En ese bañista estaba no la inconsciencia y el bla-bla-blá sino el espíritu de libertad de Andrés, el hombre que si no nadaba en el Mediterráneo todas y cada una de las mañanas del año no era un hombre pleno, sino un hombre demediado. Y eso nunca lo aceptó: creo que es buen momento para recordarlo.

 

*Artículo del escritor José Carlos Llop, para  la web de Palma XXI.

Foto de cabecera: Lluc Queralt

17 de abril de 2020

CIUTADANS CONFINATS

No, aquesta pesta no és l’Apocalipsi,
encara no. Sentim a La Sibil.la
que el sol s’ha d’enfosquir, i llueix
primaveral i ens alegra vida i sang;
no hi ha sofre, ni peixos giscant,
la terra no tremola, l’aigua no crema
i en canvi:

esbarts de caderneres
i verderols volen per les barriades,
els llimacs dibuixen pollocks
a les lloses amb tinta transparent,
els dofins neden en front de La Seu
i tudons i tòrtores de Turquia
juguen a l’aire com Il Tuffatore
de Paestum ho fa des del trampolí.
Més enllà de la mar, els porc senglars
ocupen camins i carreteres.

Noltros, ciutadans confinats, feim
passes pels passadissos de les cases,
per terrasses i terrats, gal.leries,
petits jardins i patis de veinats.
Feim passes com hàmsters engabiats,
mentre pensam en Buster Keaton
als carrers de la Roma imperial,
o en Kant a Könisberg i els vilatans
posant en hora el rellotge
al seu pas. I ens acostumarem
a sortir al carrer, quan ens deixin,
i que la vella d’afilada dalla
camini al nostre ritme, com qui espera,
i això durarà anys i tot ha d’anar bé
mentre ho poguem contar i el món
que hem conegut, no s’enfonsi.
No, aquesta pesta no és l’Apocalipsi,
encara no; només som animals
temerosos al fons de la caverna.
L’Antiguedat és el més contemporani
i la ciència ha desaparegut. La ciutat
deserta és el reflexe de la nostra ànima.

JC Llop

 

*Poema de José Carlos Llop per a la web de Palma XXI

 

 

02 de abril de 2020

La ciudad que no vemos (1)

 

Jose Carlos Llop

No sabemos cómo será Palma cuando la peste amaine o pase, como no sabemos cuando ha de amainar y cómo, y pasar del todo e irse por donde vino. Lo que sí sabemos es que humanamente será distinta porque los habrá, en el paisaje urbano, que faltarán (y aquí nos la jugamos todos). Eran y formaban Palma el escultor Pere Martínez Pavía y el antiguo concejal socialista –de cuando Ramon Aguiló fue alcalde– Miquel Dols, con nombre de poeta latinista. Ahora es como si pendieran, latentes, en el espíritu de la ciudad, pero cuando podamos salir de nuestro confinamiento ni uno ni otro estarán ya más y la realidad del reencuentro con la vida en la ciudad amortiguará el vacío. De ahí la necesidad del retrato.

Quienes más conocieron al escultor Pere Pavía fueron sus alumnos del colegio Lluís Vives, donde impartía clases de teatro, expresión corporal y mimo, al estilo del gran Marcel Marceau. Fue, académicamente, pionero de unas materias que aún no estaban consideradas por la escolástica ortodoxa y sus alumnos siempre se lo han de agradecer, como se agradece la presencia de aquellos profesores que también lo fueron de vida. Mi colegio era otro y nunca tuve a Pere Pavía de profesor, pero lo conocí en las galerías de arte de los 70, cuando sólo los artistas y algún despistado que se apuntaba a los canapés las frecuentaba. Luego llegaron los 80 y el dinero de los 90 y todo se convirtió en una gran instalación teatral, pero antes habían sido otra cosa y cuando uno se topaba con Pere y su mujer en las inauguraciones de la apoteosis, parecía hacerlo con un fragmento de aquella Palma de principios de los 70, cuando el arte todavía estaba alejado del dinero y todo era, digamos, más discreto y sentido. Como ellos.

Ambos formaban una silueta inconfundible del barrio de Santa Eulàlia. Ella, una de las hijas del lingüista Francesc de Borja Moll, detrás del taulell de Llibres Mallorca. Él, con su paso ligero, como de grillo, cruzando la plaza cara al Bar Moderno, siempre alegre y como si fuera a desmadejarse en su delgadez tan ágil. Pero la mayoría de veces iban juntos, del brazo, matrimonio eterno y de expresión lánguida pero con la alegría pronta y educada una vez empezaban a hablar contigo. Ella murió hace poco más de un año y Pere, sin dejar de ser él, dejó de ser el que era: cuando lo veías faltaba algo y todos sabíamos lo que era ese algo. Su escultura Parella –donde el hombre y la mujer son inseparables, fundidos uno en otro– era una metáfora de su vida. Ambos fueron, también, un fragmento inconfundible de la ciudad tal como la conocimos y las esculturas de Pere –Dona cosint, frente a la iglesia de Sant Miquel y Parella en la popularmente bautizada como Plaza del Tubo, recuerdo ahora– eran puro Pavía o Pavía en estado puro: ahí están y han de quedar y formar parte de nosotros hasta que dejemos de estar.

Pere Pavía tenía otra pasión: la fotografía, y en la época de la que hablo, principios de los 70, nos pidió al poeta Soler y a mí para hacernos un retrato a cada uno en su estudio. Fuimos divertidos una tarde hasta allí –no más de cincuenta pasos desde la terraza del Moderno– y nos lo encontramos bajo una luz muy blanca, con una vieja máquina alemana de fuelle y trípode, como si estuviéramos a principios del siglo XX y él fuera un sabio rodeado de artilugios misteriosos. Fue paciente, meticuloso y delicado: nosotros nos dejamos hacer. Esos dos retratos de dos jóvenes poetas –Guillem tenía 22 y yo 18, hace casi medio siglo– fueron y son estupendos. Nosotros ya no tanto.

En aquella época conocí a Miquel –entonces Miguel– Dols. Fue en la Facultad de Derecho donde cursamos juntos primero y segundo de carrera. Después me marché a Barcelona y él continuó aquí hasta licenciarse y pasar a formar parte del cuerpo profesoral de la Facultad. Pero aquellos dos años, tan importantes en la vida de cualquiera y más aún en esa época donde la dictadura daba sus últimas boqueadas salvajes y la Transición aún no había comenzado, unieron con una complicidad distinta y duradera a personas que nunca antes se habían tratado o conocido y que tampoco después harían vida en común, más allá de lo generacional. Modiano lo definió muy bien en este título: Una juventud. Fue nuestro caso y las asambleas estudiantiles nuestro territorio común, que disfrutamos juntos en la agitación desde posiciones aliadas.

Miquel Dols era un hombre de pelo difícil y trato cercano, ejercido desde unas formas de afecto que siempre pensé que eran su modo de protegerse de los males del mundo. Era cariñoso con todos en la distancia corta; en la media –quizá por su progresivo problema ocular– era distante. Dols fue un hombre solitario que no dejaba de insistir en amores, noches y comidas de amistad, pero ese fondo solitario le imprimía algo parecido a una timidez inicial que se deshacía luego, ya lo he dicho, en distintas formas tanto del cariño como del respeto. Éste al menos, fue el Dols que yo traté y que custodiaba una recámara donde desaparecer y no ser visto. Cuando ejercía su sentido del humor, nunca se extendía, como si hacerlo fuera de mal gusto. Siempre tuvo amigos mayores, como si sintiera la necesidad de cobijarse en una protección y consejo que no encontraba en sus iguales. Supo elegirlos, estableciendo también una alianza entre su vida privada y su vida laboral: Colau Llaneras, Juan Ramallo, Llorenç Rus, que fue su socio, Tito Rotger…–. Fue profesor de Tributario y director de la Residencia de Estudiantes de la UIB en la época de Nadal Batle: pasajes de una vida. Porque su retrato adulto ha sido el Bar Pesquero y esto sí es la Palma de siempre, la que en los 70 íbamos a tomar el aperitivo o el café y poníamos a Demis Roussos en la sinfonola y el potente olor de las redes se mezclaba con el aroma del hash fumado cara al mar. El Pesquero era el viejo bar de una ciudad-puerto que Dols y Rus convirtieron en un fragmento de la Palma del siglo XXI y ahí es donde ha de residir el espíritu de Miguel Dols: él unió a tirios y a troyanos, a ortodoxos y a heterodoxos, a oficiales y marginales, mientras circulaba entre las mesas sin dejar de saludar a nadie y se acodaba en la barra luego, al caer la tarde, como un viejo marino –siempre tuvo afición por la vela– algo derrumbado en su puente de mando.

Cuando salgamos de nuestro encierro y ojalá podamos hacerlo pronto, la ciudad habrá cambiado: no porque en imágenes ahora la veamos habitada por patos y gaviotas, caminando como jubilados en el parque desierto; ni porque los delfines salten frente a la catedral; ni porque parezca, como todas, una ciudad fantasma de película de ciencia ficción. Nada de eso habrá mermado su espíritu secular. La falta de algunos de los que la habitaron, dándole un aire distinto y más rico en aquello a lo que dedicaron su vida, sí la habrá cambiado. Quizá la alegría del regreso nos impida pensar demasiado en ellos, pero pasará el tiempo, no mucho, y seremos conscientes de que la Palma que dejamos atrás cuando se decretó el estado de alarma, ya no es ni será la misma. Pavía y Dols son dos ejemplos de lo que digo.

*Artículo del escritor José Carlos Llop, para la web de Palma XXI. 

Foto de cabecera: Lluc Queralt