Les fotos d'abans dels nus
  • Nadal Suau
  • Periodista
  • nov 2017

Las fotos de antes de los desnudos

Una institución pública es, entre otras cosas, una fábrica de producir textos: leyes, ordenanzas y cartas, desde luego, pero también folletos, artículos divulgativos, prólogos, presentaciones de catálogo… Vale la pena leer todos esos textos con meticulosidad, porque están llenos de pistas acerca del estilo o la finalidad de quienes presiden esa institución en cada legislatura. Por ejemplo: tengo en mis manos el catálogo que el Consell de Mallorca y su Arxiu del So i de la Imatge (cuyo trabajo lleva años siendo inapelable) han publicado con motivo de la magnífica exposición en homenaje al geólogo y coleccionista fotográfico Andreu Muntaner i Darder: Un recorregut fotogràfic per la façana marítima de Palma (c. 1860-1960). Instalada en el Museo Krekovic (vayan con mucho cuidado: se arriesgan a equivocarse de sala y topar con los cuadros espeluznantes del señor Krekovic), la exposición consiste en una selección de imágenes urbanas del descomunal archivo privado de Muntaner que, presentadas bajo un patrón sistemático, permiten entender la Palma de los años citados en su título, especialmente la del primer tercio del siglo XX.

Es un material fascinante y sorprendente: la manchesteriana fábrica que se alzaba frente al mar hacia 1950 forma parte de un pasado sencillamente inédito para la mayoría de nosotros; el relieve rocoso de la Riera o esas mujeres lavando la ropa de las casas ricas en su desembocadura frente al Baluard de Sant Pere desafían la imaginación de cualquier nacido después del plan Alomar, y además constituyen una estampa muy poco reproducida; el pasado agreste del Paseo Marítimo y su evolución es una lección de macroeconomía de postguerra. La exposición sirve para preguntarse por las consecuencias de la historia sobre la vida colectiva, y recuerda algo que Sergio del Molino subrayó en su ensayo La España vacía: el país está hecho de ciudades que, más allá de sus cascos antiguos (si es que los conservan), tienen apenas cinco o seis décadas. La diminuta Palma que registran las fotografías del archivo Muntaner ha sido superada y desbordada por un territorio after-boom hecho de barrios arquitectónicamente precarios, urgentes, pero también más democráticos. ¿Cuánto de ese urbanismo que legamos al futuro estará en condiciones de sobrevivir como lo hicieron las construcciones aristocráticas o teocráticas de otras épocas? ¿Han surgido alguna Lonja, alguna Seu, en el ensanche y la periferia levantados para sostener una Palma “moderna”?

Pero vuelvo al principio: en este catálogo, el Vicepresidente del Consell de Mallorca Francesc Miralles firma un texto institucional para presentar su contenido. No lo ha escrito él, claro, ni le corresponde escribirlo: quiero decir que así es como debe ser, al fin al cabo quien habla es la institución, no un individuo. Lo que le corresponde es refrendarlo con su firma, hacérselo suyo, puesto que los mecanismos de esa institución obtienen su orientación coyuntural de una presidencia política. El texto de Miralles, aunque no está nada mal, hace una lectura nostálgica neutral de las imágenes: viene a decir que el pasado merece ser registrado y recordado, pero en cambio no se percibe en él la convicción de que pueda reinterpretarse o convertirse en tradición activa. La suya es una nostalgia confortable, pero sin proyección de presente o futuro, ni en términos de esperanza ni tampoco de crítica. Si estas fotografías tienen valor, afirma sin más, es porque “hi ha quedat retratada la societat que ens ha precedit”.

Miralles comenta que le ha llamado la atención una postal fechada un 17 de octubre, “seguramente de principios del siglo XX”, que recuerda el pasado industrial de Palma, hoy abolido más que desaparecido. Precisamente un 17 de octubre de 1927, Antonio Gramsci escribió una carta desde la cárcel de Milán a su cuñada Tania Schucht. Gramsci dice de esa ciudad que “des del punt de vista de l’estructura urbana, em sembla que la curiositat es deu esgotar força de pressa” (cito la traducción de Alba Dedeu), pero que en cambio la ciudad es inagotable “com a chez soi, com a vida íntima dels milanessos, que estan més lligats a les tradicions del que se sol pensar”. La Palma de 1860 a 1950 es una población con fogonazos de gran belleza, pero en las fotografías aéreas se intuye mucha insularidad autista, provincianismo en un puñado de polvo, pequeñez. Las fotos de los muelles en los años veinte son desoladoramente rústicas. Sin embargo, sólo quince años más tarde, Llorenç Villalonga (que se había instalado en Palma en, ¡oh!, 1927) ya podía permitirse, en sus Pousse-Café de la revista Brisas, coqueterías europeas como esta: “¿Llorar en el muelle? ¿Por qué no desnudarse?”. En una década, el mundo y la modernidad habían descubierto Mallorca, provocando una disrupción local que iba a perdurar, pese a la interrupción de la Guerra Civil. Se instalaban nuevas formas de vida íntima en una ciudad que pese a ello, como el Milán apuntado por Gramsci, ha seguido basando la mayor parte de su intimidad en lo más mezquino de su tradición. Una dialéctica que interesaría al italiano y cuya resolución ha sido la misma en cada época: vendre ses cases o dur-les a llogar. Al estallido de este debate sin resolver apunta, sin decirlo, la exposición dedicada al archivo Muntaner. Y no basta registrarlo; tenemos que preguntarnos cuánto debemos al polvo, cuánto a los desnudos, y cómo lograr que Palma no nos provoque nostalgia sino ilusión.

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