22 abril, 2020

La ciudad que no vemos (2)

 

José Carlos Llop

Peter Beard amb Karen Dinesen von Blixen. Font: Monográfic Peter Beard publicat per Taschen.

Hace tres semanas el fotógrafo Peter Beard se perdió en la zona neoyorquina de los Hamptons y hace unas horas –escribo esto el lunes, 20– apareció muerto no muy lejos de su casa. Tenía demencia senil y escapó a morir entre los árboles. Le gustaban la naturaleza salvaje y las mujeres muy bellas –a las que fotografió una y otra vez– y tenía la manía de escribir sobre el papel de sus fotografías, lo que confirma una vez más que detrás de todo artista –pintor, fotógrafo, escultor, músico…– se esconde un amago de escritor. Beard había nacido en 1938 y fue una de las estrellas del Nueva York de los 60/70, ya saben, Studio 54, The Factory y todo eso. Pero también había tenido casa en Kenia, muy cerca de donde la tuvo la maravillosa escritora Karen Blixen, a la que Peter Beard fotografió en más de una ocasión (el rostro de la baronesa Blixen era fascinante) ya de regreso en Dinamarca.

Cuando se le quemó su casa americana –con Warhols, Picassos, el tríptico que Bacon le pintó y todo su trabajo de décadas pasto de las llamas–, Beard no se inmutó. Cogió sus trastos de fotografiar y se largó a África dejando atrás el desastre y las cenizas. Mi amigo Juan Manuel Bonet, días antes, me había escrito: ‘haber vivido con un pie en Kenia y acabar perdido por los alrededores de NY, en medio de la pandemia…’

A mí Peter Beard me recordaba a Andrés Ferret. Uno en centrífugo y el otro en centrípeto, pero con un físico familiar y una parecida relación con las mujeres (la diferencia estuvo en que Peter Beard se casó varias veces y Andrés sólo una). La noche neoyorquina y la noche palmesana eran dos noches muy distintas, pero las personas –pocas– como Andrés le dieron a la nuestra un aire de cosmopolitismo –o mejor: de estar en el mundo, de ser contemporáneos a su tiempo– que probablemente no habría tenido de no existir ellos. Por lo demás, en los 70 Peter Beard y Andrés Ferret llevaban camisas muy parecidas y el primero mantuvo amistad con Jacqueline Kennedy y aquí yo me entiendo. Beard ha muerto a los 82 años y ahora Andrés Ferret tendría 80.

La tarde en que murió Andrés escribí su necrológica en Diario de Mallorca y en ella glosaba una de sus frases favoritas en los comienzos de la democracia autonomista: ‘¿Qué diría Lorenzo Villalonga?’ Simplemente sustituí el nombre del novelista por el suyo y añadí que a partir de ese momento algunos –alumnos suyos en la Facultad de Derecho y amigos después– nos preguntaríamos ‘¿Qué diría Andrés Ferret?’ Nos lo preguntaríamos siempre que la ocasión lo requiriese. Y durante las consecuencias oficiales de la peste –confinamiento y conculcación de derechos– me lo he preguntado bajo otra formulación: ¿Qué haría ahora Andrés? ¿Cómo soportaría el encierro? La respuesta ha sido inmediata. A la primera pregunta: refunfuñaría –ya lo hacía a los 50, imaginen a los 80– y protestaría, irritado. A la segunda: mal; lo llevaría mal. Basta recordar la cara que paseaba por Palma los días en que la lluvia o el mal tiempo le habían impedido el baño matinal en el Mediterráneo. En esos días lo dejábamos estar, sin importunarle, y luego, bajo el sol radiante –el mismo que le hizo quedarse en la isla para siempre– te lo agradecía con una sonrisa cómplice y a veces, invitándote a comer.

O sea que el fantasma de Andrés Ferret permanece aún en la ciudad. No sé por cuánto tiempo pero ahí está y a veces aparece. Agazapado tras la muerte de Peter Beard, por ejemplo. O pensando qué haría ahora si el espectro de la peste no paseara por las calles de Palma. Es probable que visitara a su amigo Pepe Zaforteza y hablaran de la época en que presidió Editora Balear. Luego comería con otro amigo suyo, el abogado Lluís Morell, en Palma o en Canyamel, y alguna noche quedaría a cenar con otro más, el penalista Toni Coll con cita previa en el Gibson. Yo los recuerdo a los cuatro juntos a finales del franquismo organizándose para afrontar, precisamente, alguna conculcación de derechos de las que practicaba el franquismo. Los recuerdo como el espíritu tranquilo de la democracia que aún no existía, pero que Andrés nos había enseñado a sus alumnos como el menos malo de los regímenes políticos y el más respetuoso con las personas. Ellos cuatro representaban todo eso sin militar en partidos de derechas o de izquierdas ni añorar la revolución. Y representaban también la esperanza en que la sociedad iba a poder cambiar sin convulsiones innecesarias, ni violencias que sólo conducían al desastre. Digamos que el espíritu de la Transición estaba en esas cuatro personas que en aquel momento se dirigían al despacho de Félix Pons, que es la pieza que falta en este retablo palmesano, para contribuir a resolver o paliar lo que estuviera ocurriendo, que no era bueno, cualquier suceso represivo que ahora no recuerdo, una detención o varias.

Pero me he referido al espíritu de Andrés Ferret y al principio del confinamiento sonreí al leer una noticia local –la sanción a un bañista solitario– mientras pensaba: ahí está él, diciendo que confinados, en fin, pero sin dejar de ser quienes somos. En ese bañista estaba no la inconsciencia y el bla-bla-blá sino el espíritu de libertad de Andrés, el hombre que si no nadaba en el Mediterráneo todas y cada una de las mañanas del año no era un hombre pleno, sino un hombre demediado. Y eso nunca lo aceptó: creo que es buen momento para recordarlo.

*Article de l’escriptor José Carlos Llop, per a la web de Palma XXI.

Foto de capçalera: Lluc Queralt