El terrón de azúcar

22 maig, 2020
Ilustración de Toni Salvà.

He tenido que salir al balcón para ponerte nombre. Te has asomado a la veranda durante 5 minutos para recordar que sabes sonreír. Millones de personas han desafiado a la lluvia y al viento para aplaudir y escuchar aquella canción que sin quererlo invoca a un cierto taoísmo de andar por casa: “y aunque los vientos de la vida soplen fuerte soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie”. Quién nos iba a decir que el Dúo Dinámico se convertiría en el siglo XXI en el pegamento que ha unido tácitamente a un país que con la letal pandemia sigue a la greña.

El Resistiré ha sido el homenaje a los sanitarios y a todos aquellos que han estado en primera fila, cara a cara con el virus esfinge. Sesenta y dos cánticos de balcón a balcón que se pararon por ordeno y mando de las redes sociales el lunes 18 de mayo. Menudos agujeros negros las redes que nos engullen a todos a golpe de silbido o de un clic ingenuo e irreflexivo tantas veces. Da igual que el enigma del virus siga sin revelarse pero como millones de personas ya podemos salir a la calle justo a la hora de los aplausos, alguien lanzó el adiós a las ovaciones. Por “dignidad” dicen. 

 

Así es que hemos sustituido el sonido de las palmas por los bocinazos de los coches. Muchos otros nos hemos atrincherado de nuevo en el interior de nuestras casas para recuperar aquel silencio que nos otorgaron la prohibición terapéutica y el miedo. ¡Otra de las paradojas que estamos viviendo mientras yo te añoro ahora que ya no te asomas al balcón!

En realidad miento, porque ahora que ya sé como te llamas he perdido el interés y vuelvo a fabricarte en mi trinchera de silencio, en mi patio de luces, en la caverna en la que se proyectan las sombras de creernos que esto que está pasando es real. Por eso voy a romper la red, voy a desafiarla con un corte de mangas y voy a asomarme de nuevo a mi balcón que ya no es mío solo se le parece porque si algo estoy aprendiendo estos días es que por más que nos cuenten que esta pandemia nos ha hecho romper las barreras de las calles y acortar las distancias no es cierto. Hemos elegido volver a ser esclavos de la jungla de asfalto. Pero no yo. Ni tú. Ni nadie de nosotros. 

Gracias a la física cuántica, sabemos que en los átomos que conforman la materia existen unas partículas fundamentales, quarks y electrones, que son las más diminutas y mágicas ya que pueden traspasar paredes, teletransportarse y estar en varios sitios a la vez. No las vemos pero están ahí, nos rodean, nos envuelven, nos dibujan. Entre estas partículas está el vacío. Si juntásemos todas las partículas de los átomos que conforman los más de 7.000 millones de personas que habitan la Tierra, y eliminamos el vacío, cabrían en un terrón de azúcar. Así es que en el vacío de los balcones, yo te encuentro vecino, porque aunque no nos veamos, estamos. Sal y aplaude, saltemos de la red. Somos parte del terrón de azúcar.